Dios dispuso que Eva se alzase en nuestro áspero camino, hizo para el amor la caricia, y para la caricia, la mano.
Nunca manos más galanas, / pálidas y virginales, / bordaron de filigranas, / las áureas capas pluviales.
Asomaba, al cabo de sus mangas, unas manos tan blancas, que yo en verdad habría querido, ser abofeteado por ellas.